Serendipia de coliflor.

El término serendipia es poco usado en español, más que nada, porque aun no aparece en el diccionario de la RAE. Pero es igual. Me tomo la libertad de utilizarlo, porque quiero y me da la gana.

Serendipity, en el mundo anglosajón, se refiere a un hallazgo afortunado; algo que se encuentra por casualidad, por azar, mientras se buscaba otra cosa. Traducido al román paladino vendría a ser una potra, una churra, una chiripa, una carambola…ya me entendéis.

En el mundo de la ciencia y la técnica son famosas algunas de estas potras. Concretamente, en medicina, la Penicilina o el Viagra son ejemplos de serendipias.

El Teflón, el celuloide, las notas Post-it, el benceno, son inventos obtenidos igualmente por casualidad que, supongo, hicieron exclamar Eureka! a sus descubridores, como hizo Arquímedes desde la bañera y con todo el piso del cuarto de baño perdido de agua, lo cual le dio la idea para enunciar el famoso “Principio” que lleva su nombre. Pura potra también, por cierto.

Si nos ponemos puristas, estaríamos de acuerdo con Umberto Eco para cabreo de los vikingos, en que hasta el mismísimo descubriendo de América fue una serendipia.

Curiosas también son las serendipias literarias, aunque entran más en el terreno de la profecía o el augurio. El exponente máximo sería Julio Verne, pero hay muchas más, por ejemplo, el hundimiento del Titanic y el reciente accidente del vuelo de Germanwings, fueron escritos por novelistas años antes de producirse.

Y, dicho esto, diré que me gusta la coliflor. A pesar de su olor peculiar, es rica en fibra y tiene bajo poder calórico. Mi madre la cocinaba de múltiples maneras. Una de ellas, rebozada y frita me gustaba especialmente, así que hoy decidí que sería formaría parte de mi menú.

Mientras preparaba la masa para el rebozado, cocí la verdura pero, por alguna razón, me pasé en el tiempo de cocción y resultó un casi puré imposible de tratamiento posterior alguno.

No me amilané. Ni corto ni perezoso, en una sartén, hice una bechamel con la masa que había preparado, añadiendo cebolla y jamón; en una fuente dispuse la fofa coliflor, le eché por encima la bechamel y al horno.

Unos minutos después, mientras me comía mi serendipia de coliflor pensé que, desde ese momento, mi nombre quedaba ya para siempre ligado a los de Fleming, Pfizer, Friedrich Kekulé, 3M, Verne, Arquímedes y muchos otros famosos serendípicos.

Diré para terminar que estoy absolutamente de acuerdo con mi colega Louis Pasteur, descubridor por chiripa de la Penicilina, cuando dijo que “En el campo de la investigación el azar no favorece más que a los espíritus preparados”.

Pues eso. Y no lo he dicho yo, lo ha dicho Louis.

Yo hablo con las puertas.

Anoche, cuando llegaba a casa, me entretuve un rato hablando con la puerta de entrada de mi portal. Ella insistía en que yo era muy callejero y salía demasiado. Le argumenté que era normal en un tío que vive solo no estuviera todo día en casa y saliera de vez en cuando a tomar una cerveza. Ella, tozuda, me dio datos y me puso ejemplos para apoyar su aseveración. Que si el vecino del 3º, también sólo, sale tantas veces a semana, mientras que tú…que si esto, que si lo otro…

Le dije:

  • Mira, Puerta. Tú, cómo todas las puertas, excepto, si acaso, la del Cielo y la del Infierno, tienes una doble personalidad que te la pisas. Tú, como sabes, eres puerta de salida pero también, que no se te olvide, eres puerta de entrada. Es decir que si me ves salir mucho, también me ves “mucho entrar”…

Mi argumento era un subterfugio, ya lo sé, pero estábamos en plena campaña electoral y no se notó mucho. Yo lo que quería era acabar con aquella conversación para poder acostarme. Y así lo hice.

Y es que las puertas hablan.

A veces es un leve quejido lastimero que emite, al abrir o cerrar, como un lamento apenas perceptible, procedente de sus artríticas bisagras, gastadas ya de nuestro iryvenir. Nos suplican un poco de lubricante Tres-en-Uno.

Las puertas nos observan; llevan la cuenta de nuestras entradas y salidas. Son como vomitorios por donde los actores nos incorporamos al vodevil de la vida y, también, por donde hacemos los mutis.

Impenitentes, controlan y valoran cada travesía nuestra bajo de su dintel. Pero no solo nos hablan, os diré más: Las puertas también hablan de nosotros, de sus dueños, al viandante.

Hay puertas sencillas, como la mía, metálicas, que en los barrios antiguos sustituyeron en algún momento y a la fuerza al humilde portón de madera, que se vino abajo herido por el Tiempo y los zarpazos de la fregona. A veces no se acierta con la pintura del hierro, o con el color del aluminio o el tipo de PVC, y la puerta es a la casa lo que un par de pistolas a un Santo. Entonces la puerta habla y dice que su dueño es un hortera.

Otras puertas gritan su alta cuna. Anchas, como el ego del que la habita. Se engalanan con remaches y herrajes dorados. Aquí vive don Fulano de Tal; de los De Tal y Tal de toda la vida – grita la emperifollada puerta- Porque las puertas, al final, son como los perros falderos, que acaban pareciendose a sus dueños.

O, la de aquella dama del botox y la silicona. Se preciaba en las reuniones con sus amigas de no tener echada la llave a la puerta jamás y que “siempre estaba abierta para todos, y si alguna vez estaba cerrada –anunciaba rimbombante-, dejaba una llave en el macetón de la entrada…” La tiparraca vivía en una selecta urbanización, privada y con vigilantes jurados, cámaras de seguridad y alarmas conectadas a la policía. El cartero autorizado para entrar tenía que pasar todos los días por un escáner de córnea. Y se las daba de campechana, la hija de la gran puerta.

Las puertas, es verdad también, miran con un poco de recelo a los humanos, no les debemos resultar demasiados simpáticos. Por eso nos hablan un tanto cabreadas y bordes.

No deberíamos extrañarnos porque hemos de reconocer que la gente se caga en las puertas…se caga, y se mea, y echa la pota. No sé por qué, podían hacerlo en la pared igualmente, pero gusta más el quicio de la puerta. Quizá es que el recodo da más intimidad y protección. O, tal vez, es por aquello de que todo el mundo se plantea eso de si las paredes hablaran…Pero nadie dice nada de las puertas que, como estoy demostrando, son realmente las parlanchinas. Algunas puertas se han hecho famosas por soportar habituales evacuaciones de los transeúntes, por ejemplo, El Postigo de San Rafael. Pero ese es otro tema.

A mí las que me gustan más realmente son las puertas entreabiertas de mi niñez. Pasar en verano, con la calle a 45 grados, a la altura de un portal con la puerta entreabierta. El interior te acariciaba, te atraía, te engatusaba. Era un beso fresco, con labios de pizarra y aroma de jabón Lagarto y legía. Y, a medio día: A cocido.

Y, si recuerdo aquellas puertas entreabiertas, lo que no puedo olvidar son las puertas entrecerradas, que también las hay. Una puerta entrecerrada escondía, además, un misterio más allá de la penumbra del zaguán.

De uno de esos portales entrecerrados, concretamente en el número 12 de la misma calle en que yo vivía, brotaban todos los días unos ojos azules, unos rizos rubios que se acunaban en sus hombros y un uniforme también azul, azul clarito, de la Compañía de María. Y allí mismo, por la tarde, todo aquello volvía y desaparecía en dirección contraria. Yo me quedaba mirando cómo se iba, colgado de sus caderas, plantado en la acera con mis pantalones cortos y mis nalgas frías por haber estado sentado en el pulido umbral de mármol blanco, haciendo manitas.

Cuánto habría dado por haber cruzado aunque fuera una sola vez aquella puerta entrecerrada, la puerta entrecerrada de Mari Carmen. Pero no pudo ser porque todo en aquel portal era solemne. La placa dorada con el nombre de su padre y algo que no supe qué era: Alférez Provisional. Las aldabas, los goznes, el timbre. Todo rezumaba pomposidad, lejanía e imponía los límites de mi mundo de niño.

¿Pero qué podía haber tras aquella puerta que tanto me atraía?

Mientras rebañaba con avaricia los últimos efluvios que el perfume de las manos de Mari Carmen habían dejado en las mías, escuchaba hablar, como no podía ser de otra forma, a aquella puerta. Su voz era grave, afectada, como salida de la más profunda gruta jamás conocida que, como a Bécquer, me decía: ¡El umbral de esta casa solo dios lo traspasa!

Ahora sé que tras aquella puerta estaba yo, yo y adulto.

El Vulgo

Lo que voy a plantear a continuación es la pura constatación práctica de una realidad que podéis comprobar, al igual que hice yo, cualquiera de vosotros, eso sí, varones a saber.

Si debido a cualquier razón, alguna vez os encontráis en una situación de tensión, de estas que sobrecogen el ánimo, causan angustia, ansiedad, miedo o incluso pánico; en esos momentos de zozobra, pero de zozobra de verdad, podréis comprobar –si os tocáis- como toda la zona escrotal se encoge, se endurece y se contrae; la bolsa testicular se “desinfla” y deja de ser “recolgona” y pendular. Algo así como cuando sentimos mucho frío. En fin, la situación que intento describir, es lo que el vulgo llamaría, certeramente por otra parte –como se verá- “estar acojonado”.

En esa situación se produce, además, un acontecimiento igualmente curioso: Los testículos desaparecen, bueno, en realidad lo que ocurre es que se escamotean en vaya Ud. a saber qué recóndita oquedad perianal.

¿Por qué ocurre esto? Sinceramente, no lo sé. Pero admito que he pasado algún tiempo meditándolo y haciendo comprobaciones empíricas, es decir, como diría gráficamente algún malpensado y peor hablado -vulgo, otra vez- que he pasado bastante tiempo tocándome los huevos intentando descubrir  la razón de este desconcertante fenómeno.

Quizá, la explicación a semejante descojone –vulgo, de nuevo-, subyace en las ancestrales “peleas de machos” que se producen en todas las especies provistas de tales adminículos. En ese momento de incertidumbre anterior al combate que desemboca en esas situaciones –el acojono que yo relataba-, la Naturaleza ha hecho que se desarrolle un mecanismo de autoprotección mediante el cual los testículos quedan menos expuestos al fragor de la lucha y, así, menos vulnerables ante el ataque del macho contrario.

Puede ser pero, repito, no lo sé. Y la verdad es que tampoco me importa mucho.

Mi objetivo fundamental era romper una lanza en favor del denostado vulgo, por lo general tachado de ordinario e incluso soez, pero que hemos de reconocer que apoya sus rotundas afirmaciones en bases sólidas y descaradamente prácticas, con una admirable capacidad de síntesis y una riqueza ilustrativa del lenguaje que asombra.

Y, por si aun no os he convencido, ahí va otro ejemplo para terminar y abundar un poco más en mi razonamiento. Aquel estado anímico que antes intenté transmitiros de ansiedad, congoja, desazón…etc. el vulgo lo describiría con tres palabras, como siempre de forma literal, certera y magistral: “Tener los huevos de corbata”.

A la mujer de mis sueños.

A la mujer de mis sueños

 

Mi querida y vieja amiga,  permíteme hablarte con toda sinceridad y como mejor proceda, en este lugar y fecha que a recordar no acierto,

Expongo:

  • Que llevo, como sabes, esperándote toda la vida; toda la mía, al menos.
  • Que, cuando era un niño, cree tu concepto, sin cara y sin imagen, y me lo eché a pecho.
  • Que te alojaste en mis vísceras como una tenia solitaria y fuimos dos almas en el mismo cuerpo.
  • Que te he sudado por todos mis poros en los días que reía y, en las penas, te he supurado; eras la Luna en las noches de luna y también iluminabas las noches de perros.
  • Que he comparado contigo a cada mujer que me encontré en el camino. Al principio te creí en todas; al final, ninguna resistió el intento.
  • Que después de cada fracaso, contigo en bandolera, me eché a andar de nuevo.
  • Que, como ves, he cumplido, no te falta un detalle para ser la mujer de mis sueños.
  • Que, sin embargo, han sido tantos años de espera que, incluso a veces, es verdad, me ha parecido muy desconsiderado tu retraso. Lo siento.
  • Que, también me disculpo, por pensar en algún momento que, si llegaras ahora, la felicidad no ocultaría que hemos perdido demasiado el tiempo.
  • Que qué tienes tú que no tengan otras. ¿Acaso solo eres la ilusión de una mente loca? Perdóname. Pero alguna vez, de esas veces desesperadas, preguntándomelo me he descubierto.
  • Que, para mi mal, te endiose y te convertí en mi estrella; pero los dioses no existen y las estrellas están demasiado lejos.
  • Que, no lo tomes como un reproche, pero mientras yo naufragaba, tú eras la referencia,  a salvo en tierra firme, como el lejano faro del puerto.
  • Que, en fin, de un tiempo a esta parte, me he convencido de que no solo no vas a venir, sino de que me estás esquivando. Eso es lo que pienso.
  • Que te sigo queriendo; que se me acaba el Tiempo; que ya no te espero.

Por todo ello y a pesar de ello, quiero que sepas mujer de mis sueños que, en este punto, me despierto.