Cultura de letrina.

No entraré en detalles, pero me da por recordar que, en mi primer colegio, corrían los años 60 (aunque entonces no me parecía que corrieran) el baño, el wc… -bueno, digámoslo ya: La letrina- contaba con un lujo desacostumbrado que ocurría los lunes y solamente los lunes.

Ese día era el designado de la semana para su limpieza. Junto al agujero maloliente por el que el usuario evacuaba en posición de cuclillas con los pies apoyados en dos pisadas grabadas en el suelo, ensartados en una punta de hierro a su vez clavada en la pared, lucían a modo de papel higiénico unos trozos de hojas de periódico, mal recortados, amarillentos y húmedos.

Ni que decir tiene que el “detalle”, dentro de aquel ambiente, resultaba un toque de refinamiento “alta toilette français” que era tan poco apreciado por la niñería como efímero. Efectivamente, en apenas una hora, la punta de la que colgaban estaba otra vez vacía y en el lugar de los papeles se veía de nuevo la pared desnuda, eso sí, decorada con algunos “frenazos” marrones y algún que otro “Caga tranquilo, caga contento, pero…”. Y así, maloliente, hasta la próxima semana.

No sé los demás, pero para mí era un momento muy apreciado al que siempre buscaba la forma de asistir. Y es que no solo era que diera gusto estar allí, oliendo a lejía, con el paquete de Asperón estratégicamente escondido tras las tuberías de plomo, sino que, como regalo adicional, se engalanaba con la prosa periodística de aquellos recortes. Cultura a cambio de heces. Menudo chollo.

El colegio era un negocio familiar, que ocupaba con todas sus aulas una parte del enorme caserón en el que también vivía el anciano director con toda su familia y los alumnos “internos” del centro. Sin duda, de su rancia biblioteca particular procedían los ejemplares de periódicos de los que se recortaban aquellos “tisúes”. Auténticos documentos de la Historia de España prestando su apreciado último servicio, aunque, eso sí, un poco abrasivo.

Recuerdo que una vez, en aquella hemeroteca improvisada de los lunes, estuve ojeando un diario creo que de 1.925, en Marruecos, un militar, un tal Francisco Franco Bahamonde que había sido recientemente ascendido a coronel, era designado jefe del Tercio. O, que Pablo Neruda publicaba el texto «Imperial del Sur» en el periódico El Mercurio, en Chile. Y todo eso solamente a cambio de hacer de vientre.

Aquellos años -los de la cagada en cuestión y no me refiero a la dictadura- fueron duros y aunque ya existía el papel higiénico “El Elefante” (del que ya os he hablado otras veces) que, aunque duro también, suponía toda una novedad en el mercado, mi colegio apostaba por el reciclaje y pensaba que, aparte de la irritación anal, El Elefante no aportaba nada al Saber.

Pero los tiempos cambian que es una barbaridad. Hoy disponemos de unas confortables tazas en el baño, papel higiénico acolchado, perfumado y decorado, pero sobre todo de algo infinitamente mejor: El móvil.

Con el móvil, mientras hacemos de cuerpo, tenemos acceso casi ilimitado a todos los bancos de información y bases del Conocimiento. Diccionarios, Bibliotecas, Publicaciones de todo el mundo. Por supuesto, también a las ediciones digitales de los periódicos. Y, todo ello, casi gratis. Qué más se puede pedir.

Si a todo esto unimos que ya no se ven recortes de periódico en los servicios, no nos puede extrañar que las ediciones impresas en papel de los diarios tengan los días contados.

Pero yo que soy un nostálgico, no puedo evitar recordar mi colegio. La lejía, el Asperón, los lunes y cómo contribuyó, de una forma u otra, a mi formación. Al fin y al cabo, todavía hay algo que no podemos hacer con el móvil: Limpiarnos el culo.

Te haré algo que nadie te hizo…

Estaba yo viendo una película pornográfica, aunque no es algo que haga habitualmente, podéis creerme –bueno, podéis creer lo que queráis, faltaría más. Sin embargo aquella película en cuestión tenía una particularidad que la hacía objeto de mi curiosidad: Estaba realizada en 1.912. Sí, efectivamente, el año que zarpó el Titanic o asesinaron al presidente José Canalejas, hace la friolera de algo más de 100 años.

Los cuerpos (aunque ahora aparecían desnudos), el maquillaje, los peinados, los decorados, el estilismo y toda la puesta en escena correspondían fielmente a los de esos celuloides mudos y rancios de los albores del siglo pasado que tantas veces vimos de la mano de Charlie Chaplin o Buster Keaton. Sin embargo, lógicamente, la “trama”, las actitudes, podían ser –eran- perfectamente las mismas de una “peli porno” actual. Y lo digo así, porque quiero resaltar el hecho de que allí no vi nada nuevo, aunque sería más correcto decir que en 100 años no hemos inventado apenas nada nuevo en ese campo. Si acaso la nata desnatada.

Quizá no es aventurado suponer, apoyado en esto, que en épocas pretéritas como la Edad Media o el Imperio Romano las cosas no debieron ser muy distintas, aunque no haya quedado testimonio cinematográfico. Zoofilia, necrofilia y otras aberraciones sexuales aparte, claro.

Esto me hizo reflexionar. Los Humanos llevamos toda la Historia basando nuestra sexualidad en tres o cuatro puntos concretos del cuerpo propio o de la pareja, son lugares sagrados de placer, culto y adoración. Cualquiera de los cinco sentidos que apliquemos a estos puntos o sus alrededores, desencadena todo el ancestral ritual sexual humano. A veces, ni siquiera eso, pues basta el simple pensamiento, imaginación o fantasía basados en ellos. El resto ya lo conocéis, no entraré en detalles.

Pues bien, esos templos de peregrinación, esos tótems bendecidos por el dios Eros, esas Maravillas que la Naturaleza nos ha concedido, tienen un problema y es que son los que son. Quiero decir que son los mismos tres o cuatro desde que apareció la Especie sobre la faz de la Tierra e intentar “sexuar” a cualquier otro órgano corporal podría hacernos caer peligrosamente en el fetichismo. Así que –y con esto concluyo mi reflexión- que mientras que los cuerpos de los hombres y las mujeres no desarrollen nuevos agujeros o nuevas protuberancias, poco o nada se podrá innovar a lo ya conocido en los últimos, pongamos, 5.000 años.

Eso sí. Estoy de acuerdo con aquel tipo repipi del fondo que dice que aún podemos avanzar en el tratamiento sensual e imaginativo de los apéndices y oquedades ya existentes. Yo también lo creo, pero eso tal vez nos alejara del tema de la pornografía que es el que nos ocupa para adentrarnos en el del erotismo, y eso no toca hoy.

Yo lo hago, yo lo deshago.

Recuerdo cuando jugábamos de pequeños y habíamos construido algo, yo qué sé, por ejemplo, una máquina de Lego o un Exín castillo o, simplemente, un castillo de arena o de naipes, y una vez aburridos ya del juego, nos dábamos un último momento de satisfacción. Decíamos: “Yo lo hago, yo lo deshago”….o también ”Yo que lo he hecho, yo que me aprovecho”,  mientras que lo desbaratábamos todo, con cara de perverso goce e incluso de cierto vicio.

Teníamos un indudable gusto por edificar pero también, a la vez, un menos comprensible deleite por el derribo. Se podría pensar que todo aquello que cuento se trataba de una niñería si no fuera porque esa inclinación a erigir y, a continuación, demoler lo levantado, es el antecedente de un preocupante síndrome que se mantiene en la madurez.

Vamos a la actualidad. Estamos viendo estos días como los mismos politiquillos y enredadores  (me niego a llamarles empresarios) que perdían el culo por salir en la foto con Urdangarin y se castigaban los lumbares con reverencias ante el antiguo jugador de balonmano y después cuñado del rey, y que consiguió pingües beneficios gracias precisamente a la pleitesía de todos estos palmeros, hoy que ha caído en desgracia, son los primeros en atacarle y negar su relación con él. Vade retro Satanás.

Ese regusto por crear y levantar ídolos para después defenestrarlos, es algo que se entiende aún mucho peor en la gente de a pie. Esa persona que surge de entre la multitud vociferante para propinarle un tirón del moño a la Pantoja a su entrada en los juzgados, es para mí tan incompresible como aquella que la espera a la salida de la cárcel para aplaudirle.

El papel vital de ese mequetrefe que da un paso al frente de la muchedumbre, unas veces para linchar y otras para hacer la ola a quién ni le va ni le viene, me resulta tan sorprendente que trato de imaginarlo dentro de la vida cotidiana del sujeto.

  • Mamá ¿A dónde vas?
  • Primero voy a la pelu y, después, a INCREPAR a la Pantoja. ¡Pues no soy yo nadie!…

Un papelón, vaya.

Debe ser que hay algunos Don Nadie que tienen una necesidad imperiosa por salir en pantalla, como extras o figurantes de una vergonzosa escena ya sea de escarnio público del personaje caído en desgracia o, por contra, de incondicional seguidor o acérrimo fans, si es que el ídolo sigue en la cresta de la ola.

Da igual, el caso es mantenerse dentro del encuadre. Esa gente anónima conforma también lo que llamamos “El Pueblo” y el pueblo siempre tuvo muy buena prensa. Por inculto que sea, el infalible pueblo todopoderoso, lo mismo envía al Chiquilicuatre a Eurovisión, que determina sus famosetes y princesas (del pueblo, claro) e, incluso, elije al Presidente del Gobierno. Después, ese mismo pueblo, si le vaga, con el mismo ímpetu, los derriba de los pedestales que el mismo le levantó, los vilipendia y los convierte en patos del pim-pam-pum. Yo lo hago; yo lo deshago, dice la inapelable voz popular.

Es la gente con ansias de protagonismo la que convierte al pueblo llano en populacho.

¿Qué digo…?

 

Llegó como la primavera. ¿Qué digo como la primavera? La primavera se sabe cuando llega, sin embargo, ella apareció sin que nadie la esperase.

Pero, con ella, con mi nueva vecina, se produjo un cambio de estación en los descansillos y cada escalón de la escalera de mi edificio. En los aleros y en las cornisas.

Ocupó el piso 2º y, cuando iba y venía, yo la escuchaba hablar y reír, parapetado tras mi puerta cerrada. El zaguán se vestía de domingo con su perfume y entrar en el portal se convirtió en una fiesta.

He de confesar, también, que cuando sentía sus pasos, corría sigilosamente a la mirilla para contemplarla como un penoso voyeur.

Era bella como un día soleado. ¿Qué digo un día soleado? Los días soleados llegan a aburrir. Era, más bien, como un día de lluvia, cuando escampa, que se descerrajan las nubes y el sol saca pecho en el cielo mientras huele a tierra mojada. A jara.

No sé si es que no surgió la ocasión o que no me atreví, el caso es que así pasó algún tiempo, sin intercambiar una sola palabra.

Un día, cuando yo salía, ella entraba y nos encontramos de frente, cara a cara. Nos saludamos, claro, las típicas frases de rigor. Me dijo que estaba de paso, para hacer un corto curso de no se qué. “Ya sabes, estoy en el 1º. No dudes decirme si necesitas algo”, le dije –“como, por ejemplo, mi compañía para los próximos 30 años”, pensé.

En aquel momento hubiera dado mi primogenitura por un plato de labia. ¿Qué digo primogenitura, si no soy primogénito? Habría dado lo que fuera por retenerla allí con una espectacular verborrea. Preguntarle si estudia o trabaja, o de dónde es, o a que dedica el tiempo libre y otras gilipolleces con tal de que se parara el tiempo en aquel microcosmos del zaguán. Y retenerla. Y engatusarla. Y proscribir para siempre lo inevitablemente fugaz.

Tres frases gastadas más. Nerviosas y balbuceantes. Recuerdo, sobre todo, y para mi mal, que me preguntó: “¿Qué tal se vive en este barrio?” Y yo contesté: “Bien. Es un barrio sorprendente pero bonito” ¿Sorprendente pero bonito? Sí, eso dije. Menuda idiotez. Si recordarme llevara aparejada evocar también mi “afortunada” frase, espero que me haya olvidado

Ella se fue como la primavera. ¿Qué digo la primavera? Sí. Se fue como se va la primavera. Y se fue del zaguán. Y del 2º. Y del barrio.

Y nos saltamos el verano. Y vino el otoño. Y vino el frío.