A beneficio de inventario

Cuando se recibe una herencia, los bienes que componen el patrimonio transmitido, pueden estar gravados por deudas que, igualmente, se heredan. Se podría dar el caso, incluso, de que el valor de las cargas fuera superior al de los activos, con lo cual, el heredero, percibiría al final solamente perjuicios. Para entendernos, heredaría un pan como unas hostias.

La Ley contempla para estos casos la figura llamada Beneficio de Inventario. El heredero puede aceptar la herencia a beneficio de inventario, con lo cual no asume débito alguno, más allá de aquellos que cubran el importe de los bienes.

Ojalá pudiéramos aceptar el amor, la amistad, cualquier relación, también a beneficio de inventario. El resultado final conocido por adelantado. Lo bueno y lo malo; el placer y el dolor; lo recibido y lo aportado, en cada platillo de la balanza. Las emociones a favor o en contra, escritas en el libro de la piel, al debe y al haber. Sonrisas y lágrimas en la misma cara, pero en dos retratos distintos. Todo con preaviso y sopesado con antelación. Y, según el resultado, poder decidir a priori: dame cartas, o me planto.

Un amor aceptado a beneficio de inventario no podría jamás dejarte más vacío, ni más herido de lo que estabas en el momento en que llegó. Ni habría tristeza de amor porque, en el peor de los casos, sería lo comido por lo servido. Como decir: si buena pena te dejé, mejor alegría te di. Y, en la despedida, nada de reproches. Vete amor, vete en paz, que estamos a mano.

Pero que difícil sería hacer el cómputo. Porque yo guardo risas que, cada una, vale diez llantos y recuerdo compañías por las que gustoso he pagado, por cada minuto, un año de su ausencia. Tengo, en fin, cicatrices que no me recuerdan dolor alguno, sino todo lo contrario.

El piano de mi calle.

 

Tan habitual en mi calle como el olor a cocido, tan diario como el cartero, mañana y tarde, por el balcón entreabierto de algún tercero, o quizá, por la rendija de la ventana de cualquier segundo, se escapan unas notas de piano. Nunca he sabido, ni he querido saber, exactamente de donde provienen. Ignoro también de quién es la mano enamorada que las arranca.

A veces, es una monótona escala, otras, una melodía entrecortada y, de pronto, Prelude de Chopin, que lame las aceras, se hace fuerte en los buzones y cunde como el aire de barrio en toda la calle. No sé quién es, repito. Desde que comenzó a tocar el piano he seguido anónimamente su aprendizaje. Al principio, apenas era un tecleo deshilvanado; hoy, pasados los años, se nota la soltura de sus dedos. Ha ido progresando a lo largo del tiempo en la música. Ha crecido como pianista y como mujer, porque yo siempre me la imaginé mujer; no pude evitarlo. Hermosa, lánguida y solitaria en su mundo de partituras que, acariciando las teclas, toca lo que sueña para que yo sueñe lo que toca. Camelado, absorto y encelado, tal que Ulises con el canto de las sirenas.

Ella y yo, además, hemos inventado un juego para jugarlo a medias, solo nuestro. Es algo así como chatear por internet sin palabras; comunicarnos a distancia sin ordenador, engatusarnos sin conocernos. A veces, en mi casa, pongo una canción a todo volumen y abro de par en par las ventanas para que llegue a sus oídos. Durante unos minutos la sonsaco, la cito y la incito. Después, apago, aguardo y escucho. Tras un momento de silencio, ella, fiel, contesta, me regala unos acordes de la misma canción que yo puse, pero en su piano. Y sonríe, juraría que sonríe.

En alguna ocasión, tras algún cristal, he confundido el vuelo de un visillo con el de una falda y el reflejo de las hojas de un geranio, con unos ojos verdes. Y he llegado a creer que anda prisionera de algún maleficio y que toca para contarme su desventura y sus secretos. Y hasta he querido abordar las azoteas. Para liberarla, para enamorarla, para traerla.

¿Que son todo imaginaciones mías? ¿Que, acaso, en lugar de una, son diez alumnos del Conservatorio que se turnan al piano? ¿O que, simplemente, es un tío? Ya lo sé. No hace falta que me lo digáis. ¿Que es así como se empieza, y se acaba en el manicomio? Tal vez. Pero es curioso cómo la mente crea fantasmas, a imagen y semejanza, de lo que le pide el alma y el cuerpo.

 

El euro, la peseta y otras rubias.

 

Apenas tenía yo 10 años pero ya quería ser aquella tibia ventolera, mezcla de aire y vapor de agua, que salía de la alcantarilla y levantaba la falda de su ingrávido vestido blanco. Ella, juguetona, sin querer queriendo, trataba torpemente de taparse. Yo quería abrazarme a sus piernas, trepar por ellas con la parsimonia de un perezoso; ensortijarme en sus pantorrillas y picar los hoyuelos de sus rodillas como un pájaro carpintero. Una vez allí, colocón de Channel nº 5, lo más seguro es que no hubiera sabido qué hacer, cómo continuar, porque a esa edad no es que no se tenga imaginación, es que se usa para otras cosas. Pero lo cierto es que Marilyn Monroe siempre despertó en mí sentimientos marcados con un pálpito de inconfesables, de esos que nacen en la frontera de la niñez, con la fuerza de un descubrimiento y la magia de lo prohibido. Ese barco que un día el niño aborda a espaldas de sus padres y, al poco, lo devuelve a la playa convertido en hombre, para mí, siempre lo capitaneó una rubia platino que echaba leña al fuego de las calderas. A sotavento, con su falda por velas.

Un día, Marilyn, se pintaba las uñas de los pies  y manchó su vestido. Blanco por rojo. Imagen congelada, rescoldo encendido. Ella se mantiene igual en las películas, en las fotos, en nuestra cabeza. A pesar de la Muerte, o mejor, gracias a la Muerte. Es la virtud que tiene morirse joven. ¿He dicho virtud? Bueno, dejémoslo estar. Digo que, a falta de testimonios, no sabemos si el más allá es bueno o malo. De lo que sí estamos seguros es que los muertos no envejecen nunca. Norma vital, norma para toda la eternidad. Norma Jean. Vestido blanco, rizos color rastrojo, muslos como la obra cumbre del maestro tornero. Y yo, un aprendiz de viento de alcantarilla en busca de Eldorado, más allá de las columnas de Hércules de sus piernas.

Y pensar…No, no  quiero pensar. No me da la gana creer. Me niego a caer en la cuenta. Pero no puedo evitarlo, si Marilyn viviera, si estuviera aún aquí, sería, más o menos, como la Duquesa de Alba. ¡Ah, subconsciente desmitificador!

Una señora está pagando en la caja del Carrefour. Tres cosas y media en su cesta, que la crisis no da para más. Son 30 euros. Ella piensa: ¡5.000 pesetas y no llevo nada!…Como tantos otros, compara las dos monedas. Pobre señora. Sin embargo es un espejismo también porque, de haber sobrevivido la peseta, tampoco llevaría nada en la cesta; 5.000 pesetas, los famosos mil duros de antes, sujetos a la natural depreciación, serían actualmente tan escasos como los 30 euros. Lo que pasa es que recordamos a la peseta, como a Marilyn, joven y valiosa, sin y haber pagado el precio del deprecio.

Nos quedamos sin Norma y sin peseta, ya ninguna de las dos rubias será duquesa pero seguirán siendo una referencia.

 

Mi gran historia por los suelos.

 

En cualquier lugar de la inmensidad de una baldosa, dos hormigas se encuentran de frente. Mimetizadas, a lo largo de la línea oscura del ángulo que forma el rodapié con el suelo. Iban caminando, una hacia la otra, entre melancólicas brumas de pelusa. Durante un instante se paran, cara con cara, chocan, acarician sus rígidas y queratinosas antenas, pareciera que se ensortijan como si fueran rizos de cabellos entre los dedos. Tal vez, con sus movimientos de radar, captan una ancestral música animal, a cuyo son entablan una febril danza pagana de los palos. Casi en trance, sus cuerpos se alinean, se achatan. Si es verdad que existe un cuerpo en cada alma y que, cada alma, para fundirse con otra, necesita un cuerpo en el que encarnarse, algo divino tiene el Cuerpo cuando así puede convertir dos almas en una.

Se hace el silencio en el reino de las hormigas, al menos yo no escucho nada, los Suelos y los Cielos quedan en suspenso, a contemplar el milagro. En la bóveda celestial de escayola, los halógenos titilan como palmeros del prodigio. Todas, hasta la última de sus muchas patas, tiemblan al beso.

Si el encuentro ocurre al azar o por instinto, o si será el instinto del azar, que se empeña en que le llamemos de forma grandilocuente destino, es algo que ignoro, pero, de todos los diminutos habitantes del suelo y del subsuelo, de todos los átomos indivisibles que componen cada hipo de la aguja del reloj, y de todas las infinitas trayectorias posibles de que es capaz un metro cuadrado, las dos hormigas, tropiezan irremediablemente, como dóciles marionetas de una ineludible profecía, y finalmente se encuentran en ese concreto y relativo guiño del espacio al tiempo. Y allí, se entregan. Eso es lo cierto, eso es lo que me consta.

Quién sabe qué augurio, qué designio o maldición, o, simplemente, qué sentimiento las reúne y las une. Qué se dicen en ese sublime momento. Qué se dan; cual será el trueque eterno que firman con el néctar de su ácida saliva. Tal vez lo que se confían sea el camino cumplido de la una, a cambio de la ruta prometida de la otra y, hasta es posible que ese efímero e irrepetible contacto, constituya precisamente la línea divisoria entre dos mundos, esa frontera donde los proyectos se convierten en recuerdos. Pasado por Futuro, con reciprocidad y a la inversa. En fin, en una palabra, quizá sea ese pez dorado y escurridizo que llamamos Presente. No lo sé, tampoco lo sé. Pero, a continuación, los dos insectos se desenlazan y reanudan la marcha, sin mirar atrás. Algo me dice que en esa dimensión infinitesimal no hay segundas oportunidades y nunca más volverán a reunirse en el universo sin fin del terrazo o de la tarima flotante.

Así, tú y yo, nos encontramos. Tan pequeños como perdidos. Destilamos una historia tan grande que podía ser observada por un gigante. Nos la bebimos de un trago, hasta la última gota, y, después, nos dijimos adiós.