Padres ejemplares… a veces.

Era mi hijo pequeño entonces y yo le contaba una de esas historias que cuentan los “padres nuevos” que algún día serán “abuelos batallitas”. Un sucedido real en el que yo, agarrado a una cuerda, me mecía distraído y gilipollas, de tal suerte que la cuerda se rompió y yo di con la nuca, la espalda y toda mi tontería en el suelo. El costalazo fue en verdad importante, no dejó secuelas afortunadamente, salvo en el amor propio porque han pasado muchos años y todavía me acuerdo de semejante majadería.

Mi intención al contarlo al chico era buena, como la de todos los padres. El objetivo, ciertamente loable, de estas “enseñanzas” es que nuestros hijos aprendan de nuestros propios errores para que no incurran en ellos, lo que pasa es que a veces, no deparamos en que posiblemente el error en cuestión se debió a una acción muy personal e intransferible nuestra, digamos, poco brillante y para nada ejemplar, con lo cual el niño, en lugar de beber de nuestra experiencia, es muy libre de pensar: Yo nunca seré tan idiota.

Sea como fuere, al acabar mi perorata y como consiguiente moraleja, le dije solemnemente: Así que, hijo mío, se muy prudente en tus juegos y en tus actividades porque, ya ves que, en aquella ocasión, por una simple distracción, a mí me pudo costar muy caro, pues no me maté de milagro…

Pasado algún tiempo, se ve que al chaval le había gustado aquella anécdota en la que el capullo de su padre se había descalabrado y quiso recrearse un poco más en ella; pensó, sin duda, que a mí, docto y autosuficiente como en la primera narración, no me importaría contársela de nuevo. Y así era, pero…

Va y me dice: “Papá, cuéntame lo de aquella vez cuando no te mataste de “tulagro”…

Ahí me las den todas.

Mi padre, procurador de los tribunales, solía contarme anécdotas que ocurrían en las salas de los juicios, algunas muy curiosas y divertidas, que incluso he escuchado posteriormente en la calle, elevadas ya a la categoría de chiste. Él vivió muchas, no en vano se dejaba las suelas de los zapatos en los pasillos del Palacio de Justicia, en una época sin correo electrónico ni fax, donde, el mayor avance tecnológico eran aquellas pesadas Olivetti Lexicón, cuyo tintineo era la música de fondo de unas salas, atestadas de fardos de folios, cosidos con guita.

Una de las que me refería era aquella en la que el acusado era un tipo irascible y violento; sentado en el banquillo, escuchó la sentencia que acababa de dictar el juez y que, naturalmente, no fue de su agrado. Se levantó furioso y, antes de poder ser reducido por la policía, le propinó dos sonoras hostias al ujier. Supongo que la razón de descargar su ira precisamente con aquel pobre empleado debió ser simplemente que, para él, era el representante de la Justicia que, con su bonito uniforme, resultó mas cercano y accesible a su mano. El juez, impasible, mirando la cara del subalterno, colorada como un vejino (*), dijo: “Esta es mi sentencia y, ahí, me las den todas…”

Me viene ahora esta historia a la mente por todo lo que está ocurriendo con Bankia, las Cajas y la banca en general. Si la reacción al despilfarro, la negligencia, o la mala gestión (por ser generoso en la suavidad de los calificativos, se “castiga” con un “rescate” a costa de todos, no me extraña que los responsables, desde su confortable y adinerado retiro, gracias a sus contratos blindados, se estén diciendo en este momento lo mismo que aquel juez: “Ahí, en esa cara, me den todas las hostias”.

Y es que, además y de entrada, hay tener cuidado con las palabras que se utilizan, porque yo entiendo que ”rescate” es salvar de  una situación involuntaria, sobrevenida y, sobre todo, no dolosa. Se puede, por ejemplo, rescatar a un niño que estaba jugando y se cayó a un pozo. Pero si se presta el coche a un atracador para que huya del escenario del delito, eso no es rescate, es complicidad.

(*) Vejino: Parece ser una palabra originaria de algunos pueblos del norte de Cáceres y se refiere a un hongo rojo.

Mi doble vida

Este afán mío de contar historias no tiene gran mérito, ni siquiera persigue grandes objetivos. Si acaso es una manía personal, un ansia de vivir dos veces, escribiendo lo que vivo para, después, vivir lo que escribo. Historias, mías o de otros, que me revolotean al oído, como moscas zumbonas que cazo al vuelo.

Pero, quizá un día, ¿Quién sabe?, me siente a escribir y no se me ocurra nada. Me levantaré de la silla sin haber conseguido salpicar de letras la pantalla blanca del ordenador. Miraré por la ventana y nada de lo que vea me dirá nada. Palabras gastadas deambularán, como bolas de pelusa por el suelo de mi estudio, arremolinándose con cualquier brisa, sin valer para nada, a merced de la punta de mi zapato. Así, sin aportarme algo interesante que contar, las historias pasaran de puntillas junto a mí y yo apenas me daré ni cuenta. Serán como enfermizos espermas que no conseguirán preñarme.

Entonces, ese día, secados ya los manantiales de mis alveolos cerebrales donde ahora bebo y donde lleno el cántaro para verterlo en mi blog, pasará el tiempo por encima de mi publicación más reciente; se hará vieja, anacrónica, como un recorte de periódico amarillento, y los tres fieles amigos que me leen ahora, dejarán de hacerlo. Y, al poco, nadie nos echara de menos.

Entonces, ya todo perdido, ese día de que les hablo, mi blog será como un barco fantasma en las brumas del Triángulo de las Bermudas. A la deriva, en la inmensidad de Internet. Todo habrá terminado. ¿A quién le importará?

No sé qué haré, entonces, con las miles de palabras que sé, ni con los millones que aún ignoro y que me esperan impacientes en el diccionario, pataleando, a que las saque. Y, ese día, concluyo, si de dos vidas pierdo una, será una forma de vivir menos, será una forma de morir un poco.

Aquella canción.

Se ha escapado de la radio de un coche y se ha metido por la ventana aquella canción.

Entra. Con el descaro de quien es invisible, se apoya en el aire y, sin encomendarse a nadie, se ha puesto a revolver los cajones. Al punto que le da un punto decidido, me ha esparcido junto a la taza de café una tira amarillenta de fotomatón, un ticket de cine, roto y arrugado, y un anillo barato. Me ha montado sobre la mesa un anticuado teatrillo de guiñol, con un decorado que estaba ya apilado en el camión de la mudanza. Una única función sólo para mí, sentado en la última fila, con la luz apagada y haciendo manitas con la fría mano de la soledad. Si te fijas, el escenario, de bambalinas a candilejas, es el asiento trasero de un Renault. Representación de una obra sin final, con algunas páginas del libreto que no se llegaron a escribir. Debut y despedida. Cartel de no quedan localidades. Y en nada que me he descuidado, por el flanco izquierdo, se me ha colado, entre dos costillas por el método del butrón, aquella canción.

Y es que aquella canción, cunde. No le falta, ni le sobra nada. Ha traído a la protagonista principal. Cómo no. Con su cara lavada o, si acaso, con un poco de rímel trasnochado y pasado de moda. Los focos, imitando a la Luna, van buscando un pecho nacarado, despechado en mi regazo. En derredor de los besos aun huele a Lavanda Inglesa de Gal. Por no faltar, no falta ni el odioso imperdible de su falda escocesa. Todo está aquí. Detalles a tutiplén. Tal que fuimos, tal que lo recuerdo. Como si fuera fácil, como si fuera ayer. Imágenes difuminadas, que eran ya casi únicamente una marca de agua, han vuelto fuertes y jóvenes, de la mano de un par de notas de aquella canción.

Bien. Ya cumpliste tu empeño, canción tradicional del país fronterizo con el olvido. Ya me dejaste tu carga agridulce. Ahora, vuela. De nuevo, ligera, vuela. Clávale las espuelas al viento y búscala dondequiera que esté; pregúntale que me pregunto si ella, al igual que yo, se acuerda de mí cuando se mete por su ventana aquella canción.