Carta cuaresmal a Santa Claus

Aún se pueden observar, a estas alturas de febrero, en algunas calles de nuestras ciudades el muñeco vestido de Papá Noel intentando escalar el balcón de alguna casa que la desidia del propietario abandonó a su suerte en la fachada.El muñequito en cuestión que desde algunas Navidades se puso de moda, siempre me cayó gordo. Además, es que no le veo la gracia. De los Reyes Magos, antes, en los días previos al 5 de enero, decíamos que: Venían por los arenales. Independientemente de que aquello era tan falso como las cualidades del inefable Santa Claus para la escalada, no me digan que no tenía más encanto y magia. No es lo mismo decir vienen por allí o por allá, que, verdad o mentira, nunca los veíamos, a decir que el enano vestido de colorao viene el día 24 de Diciembre, pero lo estamos viendo un mes antes trepar como un gilipollas por la pared. Si yo fuera niño, me cabrearía mucho si alguien me contara tamaña majadería. Como sea tan hábil para traer mis regalos como para escalar…pensaría yo.Sin embargo, ahora, cuando en plenos Carnavales le veo, olvidado, que persiste en su afán de llegar arriba, para más inri vestidito de rojo llamativo y objeto de todas las miradas, ignorante de que lo suyo es una tarea anual, interminable y destinada al fracaso, no puedo evitar sentir cierta ternura hacia él. Y es que, no se da cuenta, de que existe una sutil diferencia entre subir por una cuerda o estar colgado de ella. Y yo le diría con pesar, cuando tu dueño te ha tirado por la ventana, con una soga al cuello, ha bajado la persiana, se ha ido a la nieve y sigues ahí en Semana Santa, pequeño amigo, tú no eres Santa, ni estás escalando, sencillamente, lo que eres es un colgao.En esta nueva corriente de afecto que nacido entre todos estos liliputienses del furgón de cola y yo, me gustaría decirles también que no esperéis más. Aunque sea con los dientes, cortad la ya casi podrida cuerda e iros rápidamente a vuestra Laponia. No queráis comprobar lo que es un verano de estas tierras, vestido de esquimal y a plena fachada. No vale la pena la espera ni la escalada, pequeños amigos. Al fin y al cabo, si algún día llegarais arriba, descubriríais que, en la casa a la que os empeñáis vanamente en llegar, solo vive un hortera desconsiderado. Lo primero porque os puso allí y lo segundo porque, después, os olvidó.
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