Cara a cara conmigo mismo.

 

Estoy hasta aquí de mi cara.

Mi cara alegre, pensativa, de cabreo, cariacontecida, carabobo, desencajada, cara larga, cara oculta, carota, cara de acelga, caradura, caraculo, cara de póker y mi espejo del alma. Todas. Mi cara, en todas sus facetas y circunstancias, me aburre.

No es que no esté contento con mi semblante y desee otro más agraciado, no, por esa parte estoy conforme, siempre los ha habido y los habrá mejor y peor parecidos que yo. Aunque, también es cierto que cuando era joven algunas mujeres me tenían por un tanto guapo, nada espectacular, y eso lo hacía más llevadero. Ahora, ya casi ninguna me lo dice.

Pero no es ese el problema, no. Lo que pasa es que me resulta ya pesado ver mi careto todas las mañanas, día tras día, que me mira expectante en el espejo y me pregunta, se pregunta: ¿qué vamos a hacer hoy, en qué charcos nos vamos  a meter?

Siempre la misma jeta, durante años, con alguna arruga, alguna cana más, pero básicamente igual. Me dejo la barba, me la quito. Me hago la raya del pelo a la izquierda, después a la derecha. Nada. Eso aburre al más pintado. Sé que la cirugía moderna tiene remedio para esto, pero después de ver a Camilo Sesto o a Julio Iglesias, de un poco de Nivea en las ojeras no paso.

Cualquier persona tiene que aguantar 70 u 80 años, toda su vida, contemplando su mismo rostro. Es aterrador. Dios diseñó al hombre de tal manera que jamás pudiera ver directamente su propia faz, constitucionalmente es imposible, teniendo los ojos donde los tenemos y no siendo extraíbles. Si lo hizo así, digo yo que sería por algo, pero con la estúpida prepotencia humana que nos caracteriza, inventamos el espejo y, ahí, la cagamos. Estoy por asegurar que lo descubrió un hombre para afeitarse, en lugar de una mujer para maquillarse. Y no por ser más listo, sino por ser mas idiota. Es más, estoy por asegurar que el segundo uso que le dio al espejo, después de rasurarse, fue hacer señales con el Sol a otros tarugos como él, en otra de sus aficiones favoritas: La guerra. Partida de tarados.

Lo dice hasta la copla: ¡Ay, Ay, Ay, Ay! No te mires en el rio

Pero volvamos a mi cara en concreto. Después de tantos años juntos, he llegado a la conclusión serena de que debo tener cara de buena gente. Mi cara da confianza, cosa que para ser justos me ha ayudado algunas veces, no tanto como para que el banco me conceda un préstamo por mi bella cara, porque, en estos casos, mi foto nunca sustituyó a la nota simple del registro de la propiedad ni a la copia de la nómina, pero si es verdad que, en casos puntuales, me sacó de algún pequeño aprieto: Por ejemplo, cuando has echado gasolina, tienes el depósito lleno, y te has dejado la cartera en casa.

Si embargo, tener una cara amigable, no siempre es bueno. Citaré el caso, por seguir con ejemplos automovilísticos,  de cuando se me cruza un peatón. A mí, se me cruzan más peatones que a nadie. No me refiero a viejecitas, críos corriendo, o imbéciles distraídos hablando por el móvil. No, esa es otra categoría. Estoy pensando en aquellos que te ven y no se apartan, en plan torero, desafiante, como si en los cementerios no hubiera chulos.  Pero, claro, yo creo que es porque miran mi cara y se dicen: tranquilo, que este pardillo es inofensivo… y se suben a la acera cuando les sale del arco del triunfo. Es sabido y constatable que los viandantes, chulos o no, imponen su ley o, mejor dicho, su dictadura, cosa que para ser la parte débil del tráfico rodado, como se nos quiere hacer creer, es bastante paradójica. Saben que no vas a atropellarlos solo por ser gilipollas y, mucho menos, con esta cara.

Porque cargar con esta jeta no es fácil. A veces, mi cara, la cabrona, es un poema, un poema malo, de esos que solo tienen valor escritos al dorso de un billete de 20 euros. Además,  como nos conocemos desde hace mucho tiempo, sus gestos, sus muecas o su impasividad, me son absolutamente previsibles. Sin verme, me veo, y con los ojos cerrados, sé la cara que tengo, o más exactamente, la cara que pongo en determinadas ocasiones. En general, cuando alguien me está metiendo un rollo soporífero. Cuando una señora en la sala de espera del médico me cuenta su enfermedad con pelos y señales, o cuando voy a casa de un amigo y me pone el video de sus últimas vacaciones, o me cuenta las gracias de sus nietos o de su perro. Una de las versiones de mi cara que me jode especialmente, es la que pongo en los ascensores que para colmo, frecuentemente tienen espejos y me la veo, que entre algún vecino hablando del tiempo, es algo que hace tambalear mi perfil egipcio. Todo eso y más, por no hablar de los mítines políticos, las arengas militares o el discurso de navidad del rey. En estos casos, u otros parecidos, mi cara comienza a ausentarse paulatinamente, a inhibirse, a bloquearse, como si se le estuvieran acabando las pilas. La temo.

Y es que, encima, con estas facciones tan familiares, me convierto en la víctima propiciatoria para que me dé la brasa cualquiera y yo, que soy muy educado y un poco calzonazos, lo aguanto todo estoicamente. Pero mi cara (¡Ay, mi cara!). Mi cara y yo sabemos lo que esconde su forzada expresión. Lo soporta casi todo pero durante un tiempo limitado, finalizado el cual, se convierte en una máscara; cada sonrisa forzada, cada obligado asentimiento, cada  gesto de compromiso, me pesa como una losa, y siento como un maquillaje de cemento que se solidifica, me duele la careta de mantener el rictus, entonces, si la situación persiste, mi cara se descompone y muestra mi lado más desagradable, pudiendo, finalmente, hundirme con todos los barcos de la simpatía. Eso sí, esto, afortunadamente, sólo pasa en muy contados casos, porque previamente, manda una señal de alarma al resto de mi cuerpo y, dentro de lo posible lo evito huyendo despavorido con cualquier escusa. En una palabra, me largo de allí por la cara.

Extractos de otras Publicaciones:

…el baño, el wc… -bueno, digámoslo ya: La letrina- contaba con un lujo desacostumbrado que ocurría los lunes y solamente los lunes. Continuar leyendo...

Hay días que entiendes perfectamente por qué Peter Pan no quería crecer.

…en 100 años no hemos inventado apenas nada nuevo en ese campo. Si acaso la nata desnatada. Continuar leyendo...

8 thoughts on “Cara a cara conmigo mismo.

  1. Jajaja,
    siento desilusionarte pero de todas las caras que conozco la tuya no entiende de disimular, es fiel reflejo de lo que te está pasando por la cabeza.

  2. Nena no disimula con algunos, con otros lo hace que te cagas, que lo he visto de cañas aguantar como un jabato algun coñazo que te mueres.Aunque luego,en cuanto se van, te cachondeas de ellos, con mucha jeta.

  3. Ay…!, lo del espejo, llegando a cierta edad, es aterrador, y, por si fuera poco…también los hay de aumento!
    Muy bien escrito, ameno y acertado.
    Ánimo, un fuerte abrazo.

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