¿Qué digo…?

 

Llegó como la primavera. ¿Qué digo como la primavera? La primavera se sabe cuando llega, sin embargo, ella apareció sin que nadie la esperase.

Pero, con ella, con mi nueva vecina, se produjo un cambio de estación en los descansillos y cada escalón de la escalera de mi edificio. En los aleros y en las cornisas.

Ocupó el piso 2º y, cuando iba y venía, yo la escuchaba hablar y reír, parapetado tras mi puerta cerrada. El zaguán se vestía de domingo con su perfume y entrar en el portal se convirtió en una fiesta.

He de confesar, también, que cuando sentía sus pasos, corría sigilosamente a la mirilla para contemplarla como un penoso voyeur.

Era bella como un día soleado. ¿Qué digo un día soleado? Los días soleados llegan a aburrir. Era, más bien, como un día de lluvia, cuando escampa, que se descerrajan las nubes y el sol saca pecho en el cielo mientras huele a tierra mojada. A jara.

No sé si es que no surgió la ocasión o que no me atreví, el caso es que así pasó algún tiempo, sin intercambiar una sola palabra.

Un día, cuando yo salía, ella entraba y nos encontramos de frente, cara a cara. Nos saludamos, claro, las típicas frases de rigor. Me dijo que estaba de paso, para hacer un corto curso de no se qué. “Ya sabes, estoy en el 1º. No dudes decirme si necesitas algo”, le dije –“como, por ejemplo, mi compañía para los próximos 30 años”, pensé.

En aquel momento hubiera dado mi primogenitura por un plato de labia. ¿Qué digo primogenitura, si no soy primogénito? Habría dado lo que fuera por retenerla allí con una espectacular verborrea. Preguntarle si estudia o trabaja, o de dónde es, o a que dedica el tiempo libre y otras gilipolleces con tal de que se parara el tiempo en aquel microcosmos del zaguán. Y retenerla. Y engatusarla. Y proscribir para siempre lo inevitablemente fugaz.

Tres frases gastadas más. Nerviosas y balbuceantes. Recuerdo, sobre todo, y para mi mal, que me preguntó: “¿Qué tal se vive en este barrio?” Y yo contesté: “Bien. Es un barrio sorprendente pero bonito” ¿Sorprendente pero bonito? Sí, eso dije. Menuda idiotez. Si recordarme llevara aparejada evocar también mi “afortunada” frase, espero que me haya olvidado

Ella se fue como la primavera. ¿Qué digo la primavera? Sí. Se fue como se va la primavera. Y se fue del zaguán. Y del 2º. Y del barrio.

Y nos saltamos el verano. Y vino el otoño. Y vino el frío.

 

Serendipia de coliflor.

El término serendipia es poco usado en español, más que nada, porque aun no aparece en el diccionario de la RAE. Pero es igual. Me tomo la libertad de utilizarlo, porque quiero y me da la gana.

Serendipity, en el mundo anglosajón, se refiere a un hallazgo afortunado; algo que se encuentra por casualidad, por azar, mientras se buscaba otra cosa. Traducido al román paladino vendría a ser una potra, una churra, una chiripa, una carambola…ya me entendéis.

En el mundo de la ciencia y la técnica son famosas algunas de estas potras. Concretamente, en medicina, la Penicilina o el Viagra son ejemplos de serendipias.

El Teflón, el celuloide, las notas Post-it, el benceno, son inventos obtenidos igualmente por casualidad que, supongo, hicieron exclamar Eureka! a sus descubridores, como hizo Arquímedes desde la bañera y con todo el piso del cuarto de baño perdido de agua, lo cual le dio la idea para enunciar el famoso “Principio” que lleva su nombre. Pura potra también, por cierto.

Si nos ponemos puristas, estaríamos de acuerdo con Umberto Eco para cabreo de los vikingos, en que hasta el mismísimo descubriendo de América fue una serendipia.

Curiosas también son las serendipias literarias, aunque entran más en el terreno de la profecía o el augurio. El exponente máximo sería Julio Verne, pero hay muchas más, por ejemplo, el hundimiento del Titanic y el reciente accidente del vuelo de Germanwings, fueron escritos por novelistas años antes de producirse.

Y, dicho esto, diré que me gusta la coliflor. A pesar de su olor peculiar, es rica en fibra y tiene bajo poder calórico. Mi madre la cocinaba de múltiples maneras. Una de ellas, rebozada y frita me gustaba especialmente, así que hoy decidí que sería formaría parte de mi menú.

Mientras preparaba la masa para el rebozado, cocí la verdura pero, por alguna razón, me pasé en el tiempo de cocción y resultó un casi puré imposible de tratamiento posterior alguno.

No me amilané. Ni corto ni perezoso, en una sartén, hice una bechamel con la masa que había preparado, añadiendo cebolla y jamón; en una fuente dispuse la fofa coliflor, le eché por encima la bechamel y al horno.

Unos minutos después, mientras me comía mi serendipia de coliflor pensé que, desde ese momento, mi nombre quedaba ya para siempre ligado a los de Fleming, Pfizer, Friedrich Kekulé, 3M, Verne, Arquímedes y muchos otros famosos serendípicos.

Diré para terminar que estoy absolutamente de acuerdo con mi colega Louis Pasteur, descubridor por chiripa de la Penicilina, cuando dijo que “En el campo de la investigación el azar no favorece más que a los espíritus preparados”.

Pues eso. Y no lo he dicho yo, lo ha dicho Louis.