El tanga, el 8º Arte y otras tácticas militares.

No lo entiendo muy bien, ella dice que lleva tanga porque las bragas se señalan e imaginan debajo de la ropa ajustada, sin embargo, cuelga de él su coxis, como Tarzán en la liana, y, cuando se sienta o se agacha, por encima del pantalón, se abre el Libro de la Selva y el artilugio queda claramente a la vista. En algo tiene razón: No hace falta imaginarlo.

El tanga, esa especie de baticola de las caballerías que ahora se ponen algunas mujeres (sé que también lo usan algunos hombres pero renuncio a referirme a eso), realza un buen cuerpo e incluso puedo admitir que le da esa pizca de pimentón de la Vera a la sugerente media-desnudez frente al soso total-despelote. Como éste es un recurso muy conocido ya y ha sido ampliamente desarrollado por pintores, escultores y fotógrafos, todos ellos hijos de mujeres que fueron las indiscutibles descubridoras del fenómeno, pues no me extenderé más sobre este punto. Pero el tanga es como todo: si no es de buena marca, se da de sí, se retuerce y, si  el cuerpo o el o el trasero en cuestión, no están tampoco muy allá, puede ocurrir que la prenda no encuentre una poco definida cintura ni, lo que es peor, la raja del culo, entonces la cosa cambia: aquello parece un paquete mal liado. Que conste que no exagero, semejante espectáculo, auténtico antídoto de la lujuria, lo he visto por la calle y a plena luz del día.

No crean que soy contrario a la citada lencería, no, ciertamente no tengo nada que objetar. Es más, para los que, como yo, conocimos aquellas insufribles fajas que llevaban las mujeres hace muchos años y sobrevivimos a las batallas contra ellas en la última fila de butacas de cualquier sala de cine, podríamos sentirnos tentados de creer que esto de ahora es Jauja,  pero me apresuro a decir que nos equivocaríamos.

Efectivamente, la odiosa faja te declaraba una guerra frontal, contundente, nada de estrategias. Era un combate de poder a poder. Extenuante. El único descanso que tenías eran los cortos armisticios que firmabas cuando se acercaba el acomodador. Aquellas gomas protegían la honra de la dama como un buldog que la emprendía a dentelladas contra tu mano que, al acabar la película, estaba roja y temblorosa. Llevarte algo para casa, aparte de los nudillos irritados, era toda una victoria, más aún: un arte, y cómo se desarrollaba en el cine, el 8º Arte, diría yo.

Sin embargo, con el tanga, a simple vista tan frágil e insignificante, parece que no fuéramos a encontrar oposición alguna. Craso error. Este enemigo íntimo, lo primero tuyo, lo segundo de ella, no te planta cara directamente, te hace creer que es pan comido, retrocede y te confías, pero, cuando inicias la escaramuza del amor, él, con su armamento ligero, te plantea una feroz guerra de guerrillas; en un primer momento, lo crees superado, pero después aquellos hilos se muestran intratables, absolutamente incordiantes, se lían en tus dedos, ahora entre el índice y el corazón, entre el corazón y el anular, después. Una y otra vez, el corazón liado, curiosa alegoría. Al final, aquella tozuda cuerda se escapa y vuelve a su posición inicial. Vuelta a empezar.

Ya sé que actualmente hay más recursos que la última fila de una sala de proyección donde entablar estas lides, sin tantos inconvenientes y en los que poderse desprender a priori de engorrosas ataduras, pero siempre será bueno que la cabeza de playa se encuentre protegida para que su conquista resulte más valiosa y gratificante para el soldado, aunque para ello tenga que desplegar toda su fuerza y/o estrategia.

Porque ellas lo valen.

Extractos de otras Publicaciones:

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…en 100 años no hemos inventado apenas nada nuevo en ese campo. Si acaso la nata desnatada. Continuar leyendo...

2 thoughts on “El tanga, el 8º Arte y otras tácticas militares.

  1. Hace no muchos días lloré verdadremente emocionada al leerte, hoy también pero de risa, solo imaginarte… eso si una cosa que siempre he tenido muy clara(después de leer esto mucho mas) jamás usaré tanga!!!
    Gracias por ser tan ingennio, divertido…

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