¿Arde Paris?

En París, en el verano de 2.003, una terrible ola de calor causó la muerte de 66 personas. Entre ellas estaba Juan Giner Cerezo, un indigente español, y su cadáver nunca fue reclamado.

Querido Juan, te debía unas letras.  

Probablemente, allí donde estés ahora, maldita la falta que te hace lo que te voy a decir. Ya lo sé, pero tenía que hacerlo.

No nos conocimos directamente, pero nos será fácil reconocernos mutuamente. Tú: el eterno bala perdida, el hijo bastardo de los caminos que, harto ya de estar harto, un día te largaste a la Ciudad de la Luz, a pasear tu bohemia por Montmartre, pero te encontraste que ya nada es lo que era. La sombra que ahora deambula por Rue Norvins ya no es la del contrahecho Toulouse-Lautrec, sino la de un guiri con la recurrente Visa en el bolsillo de sus bermudas y, actualmente, el cambio climático provoca desacostumbradas olas de calor norteño para las que de nada hubiera servido ni un buen Bourgogne, mucho menos tu tetrabrik de vino peleón, pensado para las noches de frio. Quizá ir a París era tu última ilusión, tal vez ya sabías que sería tu último fracaso, pero tú siempre hiciste lo que dio la gana.

Ahora, permíteme que me presente yo: soy el que un día me crucé contigo por la calle, me cambié de acera y aceleré el paso, así evitaba negarte unas monedas que presentí que me ibas a pedir.

Otras veces, estabas a la entrada de la iglesia con la mano tendida, yo iba a misa con toda mi familia, los agrupé y pasamos deprisa y de largo. Era una bonita mañana de domingo, mis niños iban vestidos de Agatha Ruiz de la Prada y tú estabas muy sucio. Además, siempre me dijeron que la casa de dios estaba abierta a los pobres, y tú, como siempre, transgresor de la norma, te empeñabas en estar en la puerta.

Yo siempre era el que te ignoraba, el que no te veía. No eras nada para mí, no existías, porque siempre fuiste un subproducto lógico, un daño colateral de mi primer mundo.

Soy también el hombre importante de alto cargo y responsabilidades de gobierno. Establezco ayudas sociales para los sin-techo, comedores gratuitos y dejo abiertas las puertas del Metro en las noches de Navidad pero me olvidé de protegerte contra el calor. Y es que no se puede estar en todo. No he sabido alimentar tu famélica alma pero sin embargo he atendido bien tu insolvente cuerpo, incluso, al final, me encargué con dinero público de enterrarlo allá en París. Como diría otro Juan, el Tenorio: no te puedes quejar de mí, si buena vida te quité mejor sepultura te di.

Soy todos esos, en una palabra, soy la cuota parte de esta sociedad imperfecta, como un bonito cuadro al óleo con un ancho paspartú para que las moscas no se caguen dentro, un amplio margen donde marginar o marginarse la gente como tú, que no se da cuenta de que no se puede ir por la vida sin tener nada que perder porque eso es lo que os hace temidos.

Por todos los que soy, tienes que perdonarme, Juan, y sobre todo perdóname porque también seré el que mañana, cuando lea este escrito, pensaré que es demagógico.

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